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Hace dos mil años, en Jerusalén, algo extraordinario estaba a punto de ocurrir. Un hombre entra en la ciudad. No en un caballo de guerra. No con ejércitos. No con poder. Entra en un asno. Y la gente… explota de alegría. Extienden sus mantos en el suelo. Cortan ramas de los árboles. Y gritan:
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
La ciudad entera se sacude. Y la gente responde: “Es Jesús, el profeta de Nazaret.” Un profeta. De Nazaret. De un pueblo insignificante. Sin ejército. Sin palacio. Sin riqueza. Y sin embargo… Jerusalén tiembla.
Hoy nosotros también tomamos ramos. También salimos a recibirle. Pero preguntémonos algo antes de que empecemos a caminar:
¿A quién estamos recibiendo tú hoy?
¿Al rey poderoso que resuelve todos tus problemas? ¿O al Dios humilde que viene a caminar contigo por el dolor, por la cruz, por la muerte… y al otro lado… por la Vida?
Porque este hombre que hoy entra entre palmas y gritos… en pocos días será arrestado, torturado y crucificado. Y lo sabrá desde el principio. Y entrará de todas formas. Por ti, por mí.
Coge tu ramo. Camina. Y deja que Él entre hoy de verdad… no solo en la procesión. En tu vida, en mi vida.
Acabamos de escuchar uno de los textos más sobrecogedores de toda la literatura humana. El relato que inspiró a Bach para componer su Pasión según San Mateo. Música que hace llorar a quienes no creen. Música que rompe por dentro.
Porque algo en este relato nos toca donde más duele.
Judas lo entrega por treinta monedas. Pedro lo niega tres veces. “No conozco a ese hombre.” Los discípulos… huyen. Todos.
Y Jesús se queda solo. Solo en Getsemaní, sudando sangre. Solo ante el Sanedrín. Solo ante Pilato. Solo en la cruz. Y en ese momento de soledad absoluta, grita algo que nos parte el corazón:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Detengámonos ahí un momento. No pasemos de largo.
El Hijo de Dios… sintiéndose abandonado por su Padre.
¿Hemos sentido alguna vez eso? ¿Esa oscuridad? ¿Ese silencio de Dios? Jesús también. No lo vivió desde fuera. Lo vivió desde dentro. Desde el grito. Y sin embargo… sus últimas palabras en Mateo no son de odio. No son de venganza. El centurión romano —el enemigo— al verle morir así, dice:
“Verdaderamente este era Hijo de Dios. “Un verdugo. Convertido en confesor de fe.
Esta semana que comienza hoy se llama Santa por algo. No porque sea fácil. Sino porque en el dolor más oscuro Dios estaba presente. Y sigue estándolo. En nuestro dolor. En nuestra cruz. En nuestro grito. No estamos solos. … Él ya pasó por ahí.
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Hoy la Palabra de Dios nos grita una sola cosa: ¡VIDA! Y qué paradoja… estamos a punto de entrar en la Semana Santa, la semana de la muerte de Jesús… y Él nos dice: “Yo soy la Vida”.
¿Por qué tanta muerte a nuestro alrededor? ¿Qué le pasa a la humanidad?
Ezequiel lo vio claro: el pueblo de Dios era un valle de huesos secos. Un cementerio. Sin futuro. Sin esperanza. Y Dios… ¿qué hace? No los abandona. Los mira y dice: “¡Pueblo mío, pueblo mío!” — como un padre que llora a su hijo. Como David llorando a Absalón. Y se compromete:
“Abriré vuestros sepulcros. Os daré mi Espíritu. Viviréis.”
¿Sabemos lo que eso significa? Que cuando tocamos fondo… Dios no se va. Se acerca más.
Lázaro llevaba cuatro días muerto. Marta y María estaban destrozadas. Y Jesús… llegó tarde. No les ahorró el dolor. No les ahorró el duelo. Pero llegó. Y todo cambió. Porque la muerte ya no hiere a los amigos de Jesús.
¿Somos amigos suyos? Entonces la última palabra no es la muerte. Es Él. San Pablo nos lo explica así: “en nosotros hay carne… y hay espíritu”. Cuando nos dejamos llevar por el Espíritu de Jesús, ese Espíritu envuelve nuestra carne, transfigura nuestro dolor, resucita lo que en nosotros está muerto. No es magia. Es amor.
“En el verdadero amor, el espíritu envuelve a la carne.”-como decía el filósofo Nietzsche-.
Esta Cuaresma nos preguntamos algo muy sencillo: ¿Dejamos que el Espíritu de Jesús toque nuestra vida? Porque si lo dejamos… lo que estaba muerto… vuelve a vivir.
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Una mujer, Orel, artista francesa, fue quien recibió la inspiración de diseñar los 14 pasos del Viacrucis “en femenino”. Orel contempla a Jesús cargado con la cruz de sus hermanas… reflejando en su cuerpo la Pasión de tantas y tantas hijas de Dios, con las cuales Jesús se identifica. ¿Por qué no recorrer también nosotros el Viacrucis desde “otra perspectiva”? Imagen… música… canto… plegaria… Pero también en este día dedicado a la Mujer, tiene mucho sentido.
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Hace un tiempo -por la noche- tuve la ocurrencia de rezar un “rosario” un poco especial. En lugar de contemplar los Misterios gozosos de Jesús con María, traté de contemplarlos con los ojos de José, el esposo de María. Y en cada misterio quedaba sorprendido al darme cuenta de cómo “el esposo” siempre era desplazado de cada uno de los planes que se iban a realizar. El papa Francisco nos regaló una carta apostólica “Patris Corde” (“Corazón de Padre”) y el anuncio de un “año de san José”. Ésta fue una excelente iniciativa para contemplar “nuestra realidad” desde “otra perspectiva”. Tal vez estos misterios gozosos nos ayuden a ello.
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Ser bautizado es ser un “iluminado”. No somos la luz, pero damos testimonio de la Luz. Buda hizo de su vida un camino hacia la iluminación. Nosotros, los cristianos, fuimos iluminados ya al comienzo del Camino: en el bautismo, aunque parezca increíble.
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Este es un artículo que he deseado publicar. Mi aprecio por la música siempre me acompaña. Cuando hube de optar entre la música y la teología, mi decisión fue la teología. Este artículo responde a esas dos inquietudes vitales.

Hay preguntas que incomodan. Una de ellas es esta: ¿puede la música hacernos daño? ¿Puede ser utilizada en contra de la persona, incluso dentro del espacio sagrado de la oración y el culto?
La pregunta nos sorprende porque hemos aprendido a ver la música como algo casi sagrado en sí mismo, un territorio moralmente neutro, intocable. Pero la música no es inocente. Por eso merece una reflexión honesta y valiente, desde la fe, desde la experiencia humana y desde la responsabilidad pastoral.
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Un canto a tantos Fundadores y Fundadoras de Institutos Religiosos. Ellas y ellos y sus Institutos y Familias carismáticas han sido una extensión humana de Jesús a lo largo de la historia. Voces del Espíritu Santo haciendo realidad la compasión incomparable de Jesús por los seres humanos.
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