Hemos hablado mucho, a lo largo de los siglos, de la bondad de Dios. Pero hay algo que casi nunca decimos. Algo que los grandes místicos sabían. Y que nosotros, quizá, hemos olvidado: Dios es bello. Infinitamente bello. No bello como un cuadro. No bello como un paisaje. Sino bello como la fuente de toda belleza.
Bello como el origen de todo aquello que alguna vez nos ha detenido en seco. De todo aquello que nos ha quitado el aliento. De todo aquello que nos ha hecho cerrar los ojos y decir, sin saber muy bien a quién: gracias.
Los Padres de la Iglesia tenían una palabra para esto: Kallos. ¡La Belleza absoluta! Y comprendían algo que necesitamos volver a recordar: que toda belleza creada —la de una música que nos atraviesa, la de un rostro amado, la del mar al atardecer— no es más que un destello. Un eco. Una promesa.
Una pequeña promesa de esa Belleza primera que es Dios mismo. Por eso decía Dostoievski: «La belleza salvará al mundo».Y no hablaba de estética. Hablaba de Dios.
Porque la belleza verdadera no se queda en la superficie. La belleza verdadera nos despierta. Nos llama. Nos eleva. Nos hace salir de nosotros mismos.
Y entonces cabe preguntarnos: ¿no somos también nosotros, en el fondo, turistas de la Belleza? ¿No vamos por la vida buscando ese resplandor que nos toca, que nos mueve, que nos recuerda que fuimos hechos para algo más grande? Y por eso la pregunta final no es pequeña.
Es una pregunta de fe, de vida, de deseo:
¿Has sentido alguna vez que una belleza te miraba?
Quizá ahí, precisamente ahí, estaba Dios.
Dios Padre es la Belleza Infinita. ¡Qué razón tenía el apóstol Felipe cuando le dijo a Jesús: ¡Muéstranos al Padre y nos basta! O cuando santa Teresa de Jesús escribió: “¡Véante mi ojos, dulce Jesús bueno! ¡Véante mis ojos, muérame yo luego!
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